Quiero que me quieras (Parte 1)

NOSCE TE IPSUM

Por el Dr. Josman Espinosa Gómez

Es fin de semana y estás invitado a una fiesta. Quizás has invertido varios días pensando en qué es lo mejor que tienes para ponerte o incluso fuiste de compras para estrenar algo y asegurarte de que tu look final está alineado a los más recientes estándares de la moda, esperando que más de alguno haga referencia a lo bien que te ves o a tu excelente gusto y atención a las tendencias actuales.

Cuando llegas a un nuevo trabajo, haces el mejor de los esfuerzos por ser la persona más eficiente y con los comentarios más inteligentes para que todos se den cuenta de lo valioso que eres y del gran acierto que fue el contratarte y por supuesto, de que lo digan. ¿Cómo es que habían logrado sacar a flote a la empresa sin ti?

O te enfrentas a ese momento incómodo de conocer a tu familia política, por lo que te aseguras de tener a la mano todas las herramientas posibles para impresionarlos. Los llevas al restaurante del momento donde ordenas el mejor de los vinos y el postre más extravagante o les preparas una cena en casa, para demostrar tus habilidades culinarias que se suman a tu impecable presencia, tu interesantísima conversación y tu desbordante amabilidad. Esperando que en algún momento alguien corresponda tu derroche de encanto con una validación verbal -y preferentemente muy pública- del estuche de monerías que eres.

Ejemplos sobran, pero el objetivo es el mismo, encontrar en el otro la reafirmación de lo que somos o hacemos o como canta Gael García: quiero que me quieras.

Esta necesidad de que los otros vean y reconozcan lo maravillosos que somos como personas puede llevarnos al extremo de hacer alguna tontería para que el otro no nos deje y no nos quite lo que tenemos y es que desde niños aprendemos que es nuestro deber demostrar que somos lo suficientemente buenos para que quieran estar con nosotros, para ser siempre elegidos por sobre alguien más.

Se nos otorga un pase directo al mundo de la eterna competencia con los hermanos, los amigos, las parejas, y prácticamente en cualquier relación interpersonal que se nos presenta, sin que seamos conscientes de que caemos en el juego de necesitar ser necesitados por alguien para el resto de nuestras vidas. Es más, la sola posibilidad de pensar que a quien queremos no nos corresponda de la misma manera, nos revuelve el estómago, nos quita el sueño y nos genera dolores de cabeza despertando un remolino de ideas irracionales que incluyen el preguntarnos ¿por qué no soy suficiente para él/ella?

Y si esto es tan importante en la vida ¿cómo tener la certeza de que somos suficientes para alguien?, ¿de qué manera lo medimos?, ¿porque querríamos que el otro nos considere suficientes?, y ¿suficiente para qué? Un sinnúmero de preguntas que nos atormentan en este juego de competencia sin fin. Pero el ser siempre suficiente, siempre el elegido, siempre el mejor para todo es una absoluta fantasía imposible de lograr que trae como consecuencia desgaste y frustración.

Bien dicen que cuando alguien te dice: te quiero, hay que preguntar ¿para qué? Sin embargo, la pregunta realmente importante aquí es ¿yo me quiero? ¿me soy suficiente? ¿Para qué sí y para que no, me soy suficiente hoy en día? Respondernos honesta y constantemente puede ser la clave de nuestra felicidad porque el sabernos capaces de reconocer nuestros alcances y límites, nos da la herramienta más poderosa para evitar un caos emocional  en el día con día.

¿Te imaginas que pudieras saber de lo que eres capaz y retarte a rebasar esos limites cada día? O ¿que reconocieras que hay cosas que de momento no puedes lograr por ti mismo pero sí pidiendo ayuda hasta superarlo? O ¿que tal que un día estás tan claro en lo que quieres, que decides ya no soportar más dramas, ni amenazas, ni chantajes de nadie, porque sabes que eso no es lo que esperas de tu vida y eliges tu propia felicidad?

Ojalá algún día nos demos cuenta de que pedir que nos quieran, nos aleja de querernos y aceptarnos como somos y nos impide vivir la oportunidad de ser felices, sin necesidad de dar lastima o recurrir al chantaje para lograr que nos pongan atención, y sobre todo, sin hipotecar nuestra vida en la decisión de alguien más. ¿Lo has pensado? CONTINUARÁ…