educación Magdalena A. García Sánchez

La educación, santo remedio

Aún cuando no es ninguna novedad hablar de feminicidios, de violencia en contra de las mujeres, de violencia doméstica, de maltrato infantil y otras actividades iguales o peores, sí lo es la atención que actualmente los medios de comunicación masiva están poniendo sobre este tema. Todos opinan, algunos con argumentos, algunos solo con actitud visceral (sobre todo si lo relacionan con el actuar del gobierno en turno), lo cierto es que hoy día hasta en las sobremesas con amigos/amigas se comenta el asunto.

Lo que resulta curioso son las explicaciones del porqué hemos llegado hasta este punto. He escuchado de todo: que si se perdieron los valores, que si las mujeres tienen la culpa, que si es porque no hay fuerzas armadas que nos defiendan, que si es efecto del narcotráfico. Lo mismo con las posibles soluciones, casi todas asociadas con despertar la conciencia social o bien con exigir (a quien sea) mayor vigilancia, mayor seguridad.

Yo siempre he pensado que la educación es la solución para todo, casi una panacea. Pero la educación entendida como aquella que forma, que moldea, que tiene lo mejor de cada generación más lo que se vaya abonando por méritos propios. Una educación que como en el México antiguo, tenga un pilar fundamental en la colectividad. Una educación contemporánea que genere un pensamiento crítico capaz de superar los prejuicios aprendidos incluso en el corazón del hogar.

La educación universitaria acerca a todos/todas a la posibilidad de fraguarse tal pensamiento crítico, sobre todo si existe la suerte de que los estudiantes sean guiados por un profesorado consciente de la realidad social. Que sean encaminados también por las recomendaciones de miles de buenos libros que permiten ver la realidad con el amor de la poesía, con la intensidad y la aventura de la novela, con la emoción del descubrimiento y la explicación de la ciencia, con la discusión formativa. Por supuesto también una educación acompañada con el ritmo de la música virtuosa.

Pero aún más importante es que el hogar sea en verdad la fuente de la educación de una ciudadanía crítica, formada con afecto y con respeto, con firmeza pero sin violencia (de ningún tipo). Y no me refiero necesariamente al hogar compuesto solo por papá, mamá y un hermano o hermana; me refiero a aquel en donde hay gente preocupada por cada uno de sus miembros, por su alimentación, por su salud, por su bienestar general. Aquel en donde es posible encontrar un amigo/amiga (aunque sea pariente) que brinde su apoyo en todo sentido. Hablo de esa educación que construye el respeto por la gente y por el ambiente (incluidos los animales), que gesta el buen humor, que es la medida de nuestro comportamiento más allá de los límites de nuestra casa.

Por fortuna existen millones de ejemplos de ciudadanos educados de esta manera, pero nos está faltando hacer un mayor esfuerzo para lograr deshacernos de todo aquello que hoy nos vincula con la violencia hacia las mujeres, hacia los hombres, hacia lo que queda de la naturaleza, hacia los perros callejeros, hacia todo y todos. Estoy convencida de que aquellos que ejercen la violencia en cualquiera de sus manifestaciones, carecieron de una educación como ésta que describo, les fue negada cuando estuvieron en la edad de ser formados: no le deben nada a la sociedad. Nos corresponde pues como parte de esa misma sociedad intentar poner remedio a esta situación por todos los medios.

Por fortuna es posible cambiar lo que no está bien. Como lo ha demostrado la Antropología, todo lo cultural cambia con el tiempo así que podemos perfilar nuestro futuro de manera consciente. Si nos quejamos del machismo, de la prepotencia, de la majadería, del abuso, de la trampa, del influyentismo, del favoritismo, de la discriminación, de la insolencia, de la corrupción, del autoritarismo, del insulto, en fin, de todo aquello que reconocemos como indeseable e insoportable, por favor, no lo reproduzcamos, no eduquemos con esos ejemplos.

Así pues, ahora que participaremos de un día dedicado al reconocimiento del valor de las mujeres (y por ello también de todo lo humano), es un buen momento para reflexionar sobre todo lo que no estamos haciendo bien cotidianamente. Las mujeres somos parte esencial de la reproducción social y por ello recae en nosotras transmitir a la siguiente generación lo mejor de la sociedad; podemos moldear una mejoría en todos los sentidos. Y podemos hacerlo, claro que podemos.

Que tengan un buen día.

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