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ESCÁNDALOS DE ESCUELAS DE MONJAS

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ESCÁNDALOS DE ESCUELAS DE MONJAS

DEVENIRES COTIDIANOS, por Susana Ruvalcaba

No se los he contado antes pero quizás más de alguno ya habrá adivinado que mis años de secundaria y preparatoria transcurrieron tras las paredes de una institución femenil de corte católico. Lejos de haber sido obligada por mis padres para ingresar ahí, fui yo quien solicitó –y luchó- para poder cursas esos años tan importantes en aquel colegio dirigido por monjas.

Sin embargo, mi carácter ecuánimemente rebelde, provocó que en más de una ocasión, mis padres fueran citados por diferentes motivos para recibir quejas de mi comportamiento. Me atrevo a decir sin duda que estos citatorios rebasan por mucho la totalidad de las veces en que mis progenitores tuvieron que asistir, por motivos similares, a las escuelas de alguno de mis hermanos.

Entre todas mis locuras -que calculo a grandes rasgos, eran al menos dos por año-, ocurrió una, cuando cursaba el tercer año de secundaria, que no terminó en un episodio más de quejas de esas que mis papás escuchaban ya con regularidad.

Era la clase de literatura, la profesora, en el ánimo de acercarnos a la lectura de los clásicos, nos solicitó que leyéramos algún texto y luego lo presentáramos de una manera creativa al resto del grupo. Hubo alguien que hizo dibujos, otro equipo que utilizó títeres, uno más que improvisó una puesta en escena. Mi equipo, en cambio, decidió hacer un video –no por algo elegí estudiar comunicación como carrera- para ilustrar Fuente Ovejuna, de Lope de Vega.

El morbo de aquellas adolescentes quinceañeras no se hizo esperar cuando supieron que nuestro video había contado con la colaboración especial de nada más y nada menos que hombres –dos, para ser específica-. Los escenarios eran horribles, los diálogos –que tanto trabajo nos había costado resumir y construir- terminaron por no escucharse y como no teníamos herramientas de edición nuestro video se realizó completo en una toma –sí, antes de que se le ocurriera a Gonzáles Iñárritu hacer eso para Birdman- y mi participación actoral en la que daba vida a Laurenciana requirió el uso de mi vestido de quince años –el que por cierto, volví a sacar del clóset para una presentación años después, cuando cursaba la universidad-.

El día de la presentación llegó. Llevamos al grupo al auditorio, conectamos el equipo técnico y mostramos en aquella pantalla nuestro video. Empecé a hacer la narración de hechos –por aquello de que no se escuchaba el audio- y a requerir de la colaboración del público para que imaginara los paisajes en nuestra escenografía inexistente.

Pero hacia el final de la historia –espero que nadie tome esto como un spoiler porque debieron de haber leído esta obra hace tiempo- cuando Frondoso y Laureana –los protagonistas enamorados-se reencuentran, desbordan su felicidad en un beso.

Chiquito. De piquito. Muy perdido entre la inexperiencia técnica del camarógrafo que quiso hacer el acercamiento a los labios de los protagonistas y que terminó más bien por perder la mitad del momento –que duraba menos de una segundo-. Pero beso al fin.

Ese beso -tan breve, tan perdido, tan mal grabado- fue razón suficiente para que aquellas colegialas exclamaran todo tipo de cosas y se armara un barullo en el auditorio a la vez que la profesora se dejaba ir en desbandada desde el fondo del auditorio hacia el frente solicitando –con las manos elevadas al cielo y voz escandalosa- que pusiéramos pausa a aquel video resultaba tan inapropiado para los ojos de las compañeras por contener un simple micro beso.

Pasó una semana. No nos reprobaron en la actividad. Nadie llamó a mis padres.

Más de alguna compañera me preguntaba discretamente qué había sentido con ese beso –técnicamente mi primer beso-. Y sentí entonces una efímera superioridad sobre todas las personas con las que compartía espacio en aquella institución. Primero, porque había atentado –nuevamente- contra la norma; segundo, porque me sentía admirada por ello y tercero, porque no había tenido que venderles la historia de mi profesionalismo actoral a mis papás para justificarme.

El beso era lo de menos.

ESCUELA DE MONJAS