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ESA DESGRACIA LLAMADA GRIPE

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ESA DESGRACIA LLAMADA GRIPE

  • DEVENIRES COTIDIANOS, por Susana Ruvalcaba.

No es grave. Nadie se muere de eso. Pero tener gripe es una de las cosas más terribles que pueden aquejarnos -¡ashúúú!-. Empezamos sutilmente con los dolores de cabeza. Quizás no dormí bien, tal vez es que estoy un poco estresada. Pero no terminas de darte cuenta. Viene el dolor de cuerpo. Será que dormí mal, que estoy cansada. Y las ganas de no hacer nada que no sea estar en cama –lo cual tampoco es el mejor de los síntomas porque a muchos nos invade ese deseo la mayor parte del tiempo-.

Y de un minuto a otro nos llega la fiebre, el dolor de garganta que además, cada que tragamos saliva, genera la sensación de un montón de lijas puliéndonos con fuerza el interior de la faringe avanzando hasta la laringe sin que quede un sólo milímetro pendiente para después. Y por supuesto, el paquete también incluye tos. Esa tos que –al menos en mi caso- no entiende de mesura y discreción y que resuena con fuerza desde mi ronco pecho haciendo eco por todos lados, especialmente en los lugares públicos.

Alguna vez, estando de vacaciones, mientras comía en un pequeño café, me dio un ataque de tos de esos tan fuerte que todos los comensales me veían de reojo esperando el momento oportuno para auxiliarme. Aquella tos era tan escandalosa que terminé por apurarme a devorar los alimentos y pedí la cuenta para pasar directo a una farmacia y pedir algo que me ayudara a no pasar bochornos como ese.

Las noches también son terribles. Evidentemente, con una gripe, lo que uno necesita es reposo, descanso reparador. Pero para que eso pase es necesario garantizar que uno puede respirar sin problema durante ese proceso. Sin embargo, lo más común con la gripe malévola es que suele venir acompañada de alguna sinusitis. Y pasa que llegado el deseado momento en que uno se mete a la cama y se arropa con toda la intensión de descansar, la nariz empieza a fluirnos más de lo que hemos fluido nosotros en el amor a lo largo de nuestras vidas.

¿A cuántos no nos han dicho que para recuperarnos es necesario que comamos bien? Claro, la alimentación tiene una correlación directa con la salud, ¿pero a quién le dan ganas de comer cuando todo nos sabe a cartón viejo? Así que comer se vuelve también un suplicio menor que se va sumando a la desgracia.

Y por supuesto, los estornudos hacen que uno no pueda ir por ahí sin cargar hartos pañuelos desechables. Y a eso hay que sumarle la vergüenza de vivir con la nariz más colorada e hinchada que la de Rodolfo el Reno y más reseca que el desierto de Atacama.

Qué decir de los ojos que se ponen más rojos que los de los franeleros fanáticos del pegamento amarillo o el thinner y el hecho de vivir en una realidad nebulosa donde uno está más confundido que la abuelita con alzheimer.

No queda más que atender las recomendaciones del médico, aprovechar los remedios caseros recomendados por la abuelita –que esperamos sean acertados a pesar de su alzheimer- y tratar de sobrevivir.

Ahora, si me disculpan, voy por más pañuelos.

 


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