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En busca del Pino y la Flor

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Crónica de un viaje en busca de la orquídea para la virgen de Penjamillo.

Crónica escrita y fotografiada por Bruno Eduardo Aceves Alejandre

Para Renato Servín, el cumpleañero

FOTOGALERÍA

Penjamillo, Mich., 31 de mayo 2016.- La invitación de la regidora Luci García Gómez, su esposo Renato Servín y el Director de la Casa de la Cultura, Cristian Gutiérrez Ramos, no podía despreciarse. BRUNOTICIAS pidió ir más allá de la fiesta en la cabecera municipal. Queríamos saber dónde se originaba eso que le da nombre: El Pino y La Flor. Nuestra aventura nos iba a llevar más allá del territorio de Penjamillo, hasta las montañas donde crecen los encinos y las orquídeas.

Es El Guayabo, municipio de Penjamillo. El caserío no rebasaba los 150 habitantes en 2010 según el INEGI. Aquí es donde comenzó la búsqueda del pino y la flor. Fui el primero en llegar y en irme. El sol de mayo no tiene piedad para este piedadense. El sonido local, como en un estadio, anunciaba la salida. La gente se juntó hasta que fuimos una docena. Todos en una camioneta que lo mismo lleva semillas, fertilizante, que postes para una cerca, tomamos camino.

Mauricio Roa Moreno no cumple ni los 30, pero él es el guía. Veteranos, jóvenes y muy jóvenes nos disponemos a ir en busca de la flor, el lirio, la orquídea cuya belleza da color, aroma y nombre a la fiesta de Penjamillo.

Benito Andrade Guillén y Javier Roa Moreno son los expertos en el grupo y los de más edad. Ellos fueron los guías de este turista en la ruta que cubrimos desde El Guayabo, pasando por La Poma, El Chupadero, La Garza, Los Fresnos, El Tambor, Acuitzceramo, El Tambor y Casas Viejas hasta el destino en las alturas de la montaña.

Aguardiente

Eso sí, primero paramos para aprovisionarnos de destilado de caña cuyo lema dice en la etiqueta “no es el único, pero sí el mejor” y “Una tradición desde el año 1900”. En el camino lo mismo nos encontramos una de las cabezas de águila que indica la ruta de Hidalgo en una minúscula población, que maquinaria para construir caminos, asfaltadora, revolvedora, aplanadora y una escuela. Todo en total abandono, como vestigios de rendirse ante los problemas de Michoacán.

Benito y Javier narraban sus andanzas de cómo era esto cuando no había caminos, ni trocas. Cuando más gente iba, cuando los comerciantes de Penjamillo apoyaban. Cuando estaban las loberas para atrapar coyotes. Cuando las presas no estaban azolvadas. Pasaban kilómetros y pasamos Penjamillo para entrar primero en Tlazazalca y después en Purépero donde los bosques de encino aún se conservan, a pesar de la amenaza del aguacate.

Abandono

Tomamos camino para la sierra y una camioneta nos dio alcance. Dos jóvenes nos cuestionaron de la misión y se les explicó. Posteriormente dos patrullas llegaron y pidieron identificaciones. Una de las personas muy alta y güera parecía molesto y con razón. Personas de otras comunidades iban a saquear los pinos que ellos habían sembrado y dejaban lleno de basura. De acuerdo a lo dicho, semanas antes los propios comuneros tuvieron que combatir un incendio en la madrugada.

Cuando se les explicó el motivo, La Flor, ocurrió el primer milagro, logramos avanzar con permiso. Eso sí, con la advertencia de no dejar basura ni cortar pinos. Pero en ese momento acabó la mitad de esta historia. Después de eso, vinieron las reflexiones. Se tenía el permiso y comprendimos las razones. Metros más adelante una imagen triste, encinos talados por máquinas y consumidos por fuego. El “Oro Verde” de Michoacán, el aguacate es otra de las amenazas para los bosques.

acompañantes

Llegamos con el atardecer, con una facilidad casi mágica hicieron un fuego. La música norteña sonaba, los tragos iniciaron. Los jóvenes veían sus celulares, los viejos preferíamos la charla. El calor propio de mayo y del cambio climático, nunca lo había percibido a media montaña. Benito comenzó a contarme historias de sus trabajos en California, de sus aventuras al pasar la frontera, de sus dolores de rodilla. Javi por su parte cantaba a ratos y roncaba a otros, así llegó la noche y el sueño, las orquídeas, la flor nos esperaba.

Una noche a medio dormir entre risas de los chavos, chisporroteos de la fogata y un frío que empezó a calar hasta las 4 de la mañana marcaron el inicio del nuevo día. A las 7 salimos, íbamos tarde, tomamos camino a medio cerro, entre barrancos, bajadas de agua y veredas de ganado. El morado del lirio se comenzaba a ver en las ramas y copas de los encinos. Ahí comenzó la cosecha, el caminar, las postales, pero también el peligro, todos hablaban de las “víboras bravas” refiriéndose a los crótalos de cascabel.

Trepados

El temor dio paso a una sencilla danza, trepar árboles, bajar flor, colectarlas, unos con varas, otros con las manos, no había número límite. Con gran delicadeza vi como los hermanos Hermández Moreno, Oswaldo, Brando y Francisco tomaban cada uno una ruta distinta pero con el mismo objetivo. Llenarlas de orquídeas, de flor para la virgen de Penjamillo.

Vi a Mauricio Roa balancearse en una rama. Me recordó a la novela Los Cien Caballeros de Isabel la Católica de Rafael Pérez y Pérez en aquel pasaje donde habla de las flores del amor y de la muerte cuya delicadeza y exquisitez pueden conquistar a cualquier dama, pero por el lugar donde crecían era posible obtener como castigo por la osadía, la muerte.

Chuba, Tila, Chino, Cuñado, eran los sobrenombres por los que se llamaban. Una postal de jóvenes cosechando flores y provocando una lluvia lila que cae de retorcidos y añosos encinos. Cada paso, cada movimiento estudiado de tal manera que no caigan pero tampoco hagan daño a lar orquídeas que se aferran a los productores de bellotas que dan casa a las ardillas voladoras que según platicaron mis compañeros de travesía, viven en esa zona.

Paisaje

Pero también vi el contraste, la basura, el plástico que invade y corrompe un ambiente prístino. Una caparazón de armadillo que me dio tristeza y esperanza de que haya más como ese o haya sido la cena de algún depredador superior que mora en esos bosques. El sol comenzaba a calar y nosotros a escalar la inclinada cuesta, ese fue el peaje a pagar para desde la cima ver el paisaje maravilloso. El bosque y al fondo Purépero. En ese momento, recordé la frase del alpinismo: “Cuanto estás en la cima, lo de abajo no vale nada”.

Nuestro novato, Javi Roa llegó como moderno Juan Diego cargado de un sarape multicolor y cuando lo extendió estaban por cientos los lirios. Pero había que buscar la palma, una yuca joven que corona la ofrenda para la virgen y eso era seguir entre cerros y barrancas.

Ayuda

Cuando llegamos al campamento Javier y Benito ya habían cortado y arreglado los dos primeros troncos. Hubo espacio para un almuerzo de atún, tacos, tortillas calentadas directamente a las brasas. Pero sólo fue un “tiempo fuera” breve, había que ir por más orquídeas, para esa hora el sol cobraba un alto precio por tan grande atrevimiento. Poco a poco las ofrendas fueron cambiando de color de un café oscuro a morado y verde.

En lo más caluroso del mediodía llegaron visitantes desde Modesto, California pero originarios de El Cúcuno. Trajeron cerveza, alcohol y nuevos ánimos. Ellos querían, como yo, conocer el ritual de la flor. Gerardo y Alejandro Ramírez tienen un establo donde venden leche orgánica. Alejandro Echavarría, su sobrino los acompaña. Colaboraron, charlaron, brindaron, bailaron, como unos perfectos desconocidos que se tienen mucho afecto.

Otro grupo de jóvenes de La Poma llegaron con nosotros, pero ellos no sabían cómo hacer las palmas. Unos venían magullados, raspados, lesionados y con una resaca tremenda. Vieron la confección de la ofrenda mientras otros eran curados. Gasolina y aceite nos dieron para seguir con la labor que ya casi se completaba con una segunda tanda de flores.

Arcoiris

El regreso estuvo marcado por el encuentro de otros visitantes que también quería ver las palmas, la cerveza refrescó, pero el astro rey ya se despedía y una nube amenazaba. La tradición sigue viva por ahora, la flor está en abundancia, pero tiene amenazas, el hombre la principal. Un arcoiris nos dio la despedida desde el sitio donde habíamos estado minutos antes, tal vez el oro que está al final de él es la riqueza de la tradición, de la unión entre familias, del trabajo sin esperar nada a cambio.

¿Y el pino? Hay espacio y tiempo para hacerlo dentro de un año, si Dios y la Virgen quieren. Mientras tanto, en Penjamillo seguirán disfrutando de una fiesta en la que muchos no saben el trabajo, el esfuerzo y el amor que pone esta gente de campo, noble, unida y altruista. Son ellos los que merecen todo el reconocimiento por mantener viva esta tradición de más de tres centurias.

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